martes, 22 de noviembre de 2016

Dile a tu cónyuge la verdad.

Con esta frase se desencadena una de las tramas arco de El Observador. Se trata de un mensaje de texto que, al menos, es recibido por tres personajes del reparto coral de esta novela.


Cabría preguntarse qué pasaría si a alguien se le ocurre hacer viral semejante mensaje, así, sin más, sin añadir nada más.
Porque todo el mundo guarda secretos que no comparte ni con sus seres más queridos. Secretos vergonzosos que no sería bueno que saliesen a la luz.
Por esta razón me animé a escribir El Observador, pues yo mismo soy un observador que ve que la gente se mueve motivada por el "¿qué dirán?". La gente quiere llevar una vida normal, tener su estatus de normal y estar dentro de lo que se considera normal o moralmente aceptable.
Este tema venía muy bien para la serie de televisión, pues la idea original era la de mostrar el día a día en una urbanización, donde todo el mundo guardaba secretos y El Observador los iba desvelando uno a uno.
Y personalmente, pienso que estos secretos no suelen ser tan vergonzosos como cree el que se los guarda. O al menos, es el caso de los tres personajes mencionados, pues al empecinarse en ocultarlos, es cuando sus vidas se vuelven más complicadas y anormales. Incluso hacen peligrar sus matrimonios, porque adoptan un comportamiento que hace que el cónyuge de turno piense que su pareja está relacionándose con una tercera persona. Es más, al desvelar lo que guardan, es cuando sus vidas se solucionan. Si alguien te quiere, te acepta como eres, incluyendo a ese secreto que consideras tan vergonzoso.
No obstante, no me divertiría nada que a algún futuro lector, que se cree muy gracioso, se le diera por difundir estas seis palabras por las redes sociales. Y ni mucho menos, que emulara alguno de los actos de pirateo informático de El Observador y de algún que otro antagonista. Por estos motivos, escribo estas líneas, para que quede claro mi declaración de principios.

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